Los árboles en las naciones antiguas.

Actualizado: ene 28

Entrelazado está el Árbol Florido:

aun allí abriendo está sus corolas,

en tu casa, oh dios.


Vienen allí varias aves

chupan allí la miel:

y también allí parlotean

en tu casa, oh dios.

Ave preciosa cascabel

cantando alternadamente está:

¡es tu ciudad, oh dador de vida!

En unión de ellos cantan estrepitosas

el ave de oro, el ave rojinegra:

allí la guacamaya

anda volando:

¡ésos los príncipes son!


– Canto en alabanza de Axayacatzin, de Nezahualpitzintli y de Chimalpopoca



Los árboles, esos seres misteriosos que existen desde antes que los humanos caminaran en esta tierra, esas manifestaciones de la vida que han despertado veneración en un sinfín de culturas antiguas que llegaron a entender de forma intuitiva, la importancia de tales seres atemporales tan ajenos y al mismo tiempo tan propios de nuestro mundo.


Muchas de las culturas antiguas hablan de los árboles no solo como entes espirituales, sino como pilares del mundo mismo, es decir, elementos fundamentales sin los que el mundo no podría ser y tienen tal posición privilegiada que frecuentemente el árbol conecta este mundo y el de los espíritus. Recordemos que en muchas de las culturas antiguas y sobre todo en las animistas no existía una diferencia real entre el mundo espiritual y el nuestro sino que un todo convive en el mismo espacio y tiempo pero dominado por las percepciones corporales y las limitaciones en la mismas.


En este breve articulo hablaremos sobre ideas entre culturas separadas por tiempo y espacio, que asombrosamente llegaron conclusiones similares sobre el árbol, como entes de sustento, entes sagrados, y sostenes del mundo.


Chichihuacuauhco “el árbol nodriza” Quizás uno de las más conocidos entre las culturas mesoamericanas, pues según consideraban los mexicas, recibía a las almas de los pequeños tras morir, es representado como un árbol que exuda leche, misma que amamanta las almas de los niños difuntos. Como es frecuente encontrar en culturas tan complejas, existen elementos ocultos a flor de piel y el nombre también parece hacer referencia al linaje de los chichimecas, una denominación que hasta hace poco se consideraba sinónimo de barbarie, pero que ha ido cambiando con el tiempo a algo mucho más complejo y sistematizado de lo que se imaginaba.


Para Jacinto de la Serna cronista del siglo 17 los árboles en un inicio eran humanos, razón por la cual conservaban su "alma racional", se basó en observaciones del pueblo de Ocoyoacac.


Piensan que los árboles fueron hombres en el otro siglo . . . y que se convirtieron en árboles, y que tienen alma racional, como los otros; y así cuando los cortan para el uso humano. .. los saludan, y les captan la benevolencia para haberlos de cortar, y cuando al cortarlos rechinan, dicen, que se quejan. Para prueba de esto referiré a (un caso), que teniendo los indios de este pueblo de Ocoyoacac obligación de poner una viga grande en el puente del Río de Toluca, que es paso para toda esa tierra de Mechuacan, cuando fueron a el monte a cortarla, el Gobernador . . . , habiendo convocado todo el pueblo para esta ac­ción, subieron a el monte, y cortaron el árbol, y así como cayó, llegó una india vieja y le quitó las ramas y fue a el tronco de donde había sido cortado, y poniéndolas encima le consoló con muchas palabras amorosas, pidiéndole que no se enojase, que lo llevaban para que pa­sasen todos los de esa tierra de Mechoacan...

Yax­ Cheel Cab, según Roys Thompson el primer árbol del mundo, el que alimentó a los primeros humanos. en palabras de Thompson:


En Yucatán hay la creencia de que una enorme ceiba crece en el centro de la tierra, de donde sus ramas suben tan alto que pasan por los diferen­tes niveles terrestres y celestes y los espíritus de los muertos ascienden por esas ramas hasta llegar al nivel más alto, donde se quedan. (se nota una influen­cia cristiana, por el hecho de que ascienden al cielo en vez de residir en el Metnal, el inframundo de los mayas.)

Los no tan conocidos arboles Quetzalhuexotl (sauce precioso) y Tezcacuahuitl (árbol de espejos), el primero una transfiguración de Quetzalcoatl y el segundo de Tezcatlipoca, misma que realizaron para salvar el mundo durante el sol de ChalchiuhtIicue, cuando llovió tanto tanto que los cielos se derrumbaron, pero con ayuda de otros dos dioses y otros dos humanos lograron reconstruir los cielos con todo y estrellas.


Quetzalcoatl, según Ponce de León aparece como protector de la naturaleza.


. . . van al cerro o monte y antes de entrar en él hacen una oración a Quetzalcóatl, pidiéndole licencia y diciéndole que no les atribuya a desacato querer sacar madera de su monte, que les dé facultad para sacarlo de su costado aquella madera, que le prometen de ponerla en parte donde sea venerada por los hombres. Y cortada viga o vi­gas, y toda para tirarla, le ponen en la punta un poco de piciete y en el medio y en la punta trasera, y luego le da con un madero unos, golpes en medio. Invocan a Quetzalcóatl para que les ayude y para que no les suceda mal en el camino, que nadie se lastime y esto mismo hacen cuando acarrean piedras grandes y las sahuman con copal en honor de Quetzalcóatl.

Sahagun en el Códice Florentino, habla del artesano que talla figu­ras de los dioses de la madera:


. . . si algún tallador de madera desea hacer (la imagen) de su dios, va al bosque, donde corta un árbol, escoge un árbol alto, recto, bueno. Primero corta las ramas. Éstas, las hojas y la corteza las lleva a su casa, donde se utilizan para cocinar su comida. Corta el árbol en par­tes; hace un tronco, un cilindro de madera. Y a ese tronco lo for­ma, lo corta, lo talla, con mucho cuidado. Lo convierte en una forma con cabeza, ojos, una cara, y con el cuerpo con pies y manos. Cuando haya terminado, el hombre hace una casa para la imagen contra una pared de su propia casa. La fija bien para que no cae. Cuando el dios está puesto con cuidado en su casa (o altar), el hombre pone ofren­das frente a él ante el dios ofrece su propia sangre de sus orejas, las corta. Reza frente a la deidad, hace promesas, llora frente al dios, hace penitencia, pregunta al dios qué es lo que desea de él.

Estos son apenas algunos ejemplos que demuestran la importancia de los árboles en las naciones antiguas. En nuestros tiempos aun conservamos vestigios de ese comportamiento, pues existen diversos esfuerzos por proteger árboles excepcionales, ya sea manteniendo su localización en

secreto, limitando el acceso o realizando esfuerzos constantes por protegerlos, como el caso del "árbol del Tule" Mexicano, que se supone esta bajo monitoreo constante. Aún así han pasado catástrofes como el caso de "el senador" un ciprés de 1500 años quemado por una modelo, sin duda una pérdida irreparable.


Lenta pero decididamente ese cuidado y entendimiento hacia los árboles ha ido disminuyendo, pues nuestro mundo moderno le ha dado un valor más pragmático y lo ha convertido casi por completo en un recurso explotable.


Pero los árboles aún guardan sorpresas ahora parte de la "magia" o el "misterio" que les rodea viene del entendimiento de tales seres a través de la ciencia. El ya conocido proceso de fotosíntesis si bien es un fenómeno "conocido" no es completamente entendido, debido a diversos procesos cuánticos que se suceden dentro de los cloroplastos, También han sorprendido con redes de comunicación biológica, sistemas de comunicación compleja no solo entre árboles de una misma especie sino entre ecosistemas de distintas especies.



Sin dudas los árboles seguirán moviendo naciones, inspirando historias, proveyendo sombra y solaz para viajeros apresurados, aún en estos tiempos de tanta información y poco entendimiento.


Tomemos cuanto podamos de las naciones antiguas y recordemos que los árboles son seres más antiguos que nosotros mismos y su complejidad, aunque ajena a nuestro entendimiento ha hablado con el espíritu humano desde que se encontraba en la cuna de la existencia. Razón por la cual los pueblos Antiguos entendían perfectamente su importancia y relación con el mundo.


Cotaxtla.



fuentes:

El árbol en el mito y el símbolo, Doris Heyden.

Chichimecas y Toltecas en el valle de México, Federico Navarrete.

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